Un cuento viejo que tengo de hace rato...
Cerca de mi barrio había una vieja casa por la que nadie se atrevía a cruzar. ¿La razón? El dueño estaba completamente loco. Yo no entendía por qué, estando él tan chiflado, el manicomio o el asilo no se lo habían llevado ya. El hombre era muy viejo y la gente vivía inventando rumores sobre él. El más famoso era que el tipo estaba tan demente que ni siquiera el manicomio lo aceptaría.
Mi madre me vivía advirtiendo que no cruzara por el frente de esa casa, pero las vueltas de la vida son imprevistas y tarde o temprano terminaría pasando por ahí.
Un martes tenía que entregarle algo a un amigo cuya casa quedaba muy cerca de la del viejo, y para llegar hasta ahí primero debía caminar por la vereda que mi madre me había prohibido. Unos metros antes de llegar vi que el viejo estaba sentado en el jardín del frente, con cara indecisa; estuve dando vueltas durante casi media hora, yendo hasta la esquina y volviendo después a verificar si el viejo se había decidido a entrar a su casa. Pero seguía ahí, de modo que me decidí a pasar. Apreté los puños, inflé el pecho y empecé a caminar. Todo estaba yendo bien hasta que él me llamó.
—Che, pibe —me gritó, a lo que obviamente puse mi mejor cara de poker, me hice el sordo y aceleré el paso.
—Che, pibe —me volvió a gritar.
Seguí avanzando, como si nada.
—¿No viste al vaquero? —me preguntó, y entonces recordé las advertencias de mi madre. Pero me detuve: era un curioso compulsivo y la pregunta del viejo loco me había quedado retumbando en la cabeza. La duda me carcomía por dentro, no podía soportarla.
Me volví hacia él y le pregunté, también como si nada:
—¿El vaquero, señor?
—Sí, sí, sí… —me respondió muy excitado—, un vaquero alto con un pequeño revólver. Tiene una cicatriz en la mejilla.
—Mmm, no señor, no he visto a ningún vaquero, ¿por qué?
—Hoy es martes, y se supone que los martes viene dispuesto a matarme.
—¿A matarlo?
—Sí, sí, mirá, vení —me dijo, y un segundo después se levantó y entró velozmente a su casa.
Me quedé indeciso un rato. Agarré una tabla de madera que alguien había dejado junto a un canasto de basura y caminé hasta la entrada de la casa. Al llegar a la puerta alcé la tabla como si fuera el arma más mortal del mundo. De repente, el viejo apareció de nuevo, dándome un gran susto.
—Mirá, mirá —dijo, mientras sostenía una pequeña cajita de cartón decorada en sus manos.
—¿Qué pasa con esa caja, señor? —le pregunté.
—Hay fantasmas en esta casa.
—¿Disculpe? —dije, y no pude evitar que una pequeña sonrisa de confusión se dibujara en mi cara.
—Ellos me lo explicaron todo. El mundo está en peligro y la única manera de salvarlo es abriendo esta cajita todos los martes.
—¿¡Qué!? —exclamé. Su locura ya me estaba dando miedo.
—Sí, sí, pero la única consecuencia que tiene abrir esta caja es que se escapa la anaconda que está encerrada dentro.
—¿Cómo dijo?
—La anaconda mide como 50 metros.
—Disculpe, señor, pero una anaconda tan grande no podría caber en esa cajita.
—Claro que sí. Y cuando sale aparece el vaquero dispuesto a batallar contra ella. Pero él también intenta matarme a mí, ya que no le agrada que la suelte. El problema es que él no comprende que yo abro esta caja para mantener a salvo al mundo durante una semana más.
—No me diga, ¿en serio? —pregunté, teniendo más confianza con el tipo.
—Ja, pues claro que sí. Recuerdo perfectamente el día que los fantasmas vinieron y me explicaron cómo esta cajita mantendría el mundo a salvo de la extinción.
Y así fue como pasé todo el día escuchando a ese viejo chiflado.
Durante un par de meses me acostumbré a visitarlo para escuchar su intrincada historia de fantasmas, una caja que salvaba al mundo y la incansable lucha entre un vaquero del oeste y una anaconda mutante. La mayoría de los relatos pasaban por cómo el vaquero trataba de matarlo por haber liberado a la anaconda.
Pero un día, al llegar a su casa, encontré una ambulancia del asilo estacionada frente a su jardín. Parecía que ya se habían decidido a hacerse cargo de él. Desde entonces fui conocido en el asilo como el chico que iba a visitar al viejo más loco y solitario de todos. Pero con el paso de las semanas empecé a notar que algo no andaba bien.
—Hoy abrí la cajita… —me dijo uno de esos días en que fui a visitarlo—, y no salió la anaconda, y el vaquero no apareció.
Poco a poco fui descubriendo que él no era el mismo, su locura no era la misma. A medida que perdía su creatividad, también perdía su salud. Durante el último tiempo sólo fui a visitarlo por lástima, y así fue por el resto de los días.
La última vez que lo vi ya sabía que él no sobreviviría mucho más. Estaba recostado en la cama, sin muchos ánimos, y sostenía la cajita entre sus manos.
—¿Cómo se encuentra hoy? —le pregunté modestamente. Alzó la vista hacia mí, los ojos vidriosos, como perdidos, y pude ver que estaba a punto de llorar.
—Ya es martes —dijo—, no ha salido la anaconda de aquí, ni tampoco ha venido el vaquero.
Entonces me di cuenta de que ese asilo le había quitado la única compañía que él había conservado a lo largo de todos esos años: su locura.
—Un momento —le dije, quitándole la cajita de las manos.
—¿Qué pasa, muchacho?
—¡No puede ser! —grité.
—¿Qué? ¿Qué? —empezó a preguntar él nerviosamente.
—Se trajo la caja equivocada, señor. Esta no es la cajita correcta.
—¿Qué? Imposible —exclamó éste.
—Le digo que es cierto.
—Oh, dios… ¿Cómo está el mundo? ¿Cómo está?
Miré por la ventana el soleado día y fingiendo lo más que pude, le contesté:
—Hecho un caos.
—Oh, dios, tal vez no sea demasiado tarde. Ve a mi casa, muchacho; ve y tráeme la verdadera cajita.
Salí corriendo y di dos vueltas a la manzana, para volver después al asilo con la misma cajita.
—¡Acá está señor, acá está! —le grité exaltado.
El viejo, sin perder el tiempo, abrió la cajita y alzó la vista hacia el techo con los ojos como plato.
—¿Qué sucede? —le pregunté.
—Es la anaconda, muchacho, ten cuidado que no te…
El viejo no llegó a terminar la frase y miró rápidamente hacia la puerta de la habitación. Lo miré como esperando una respuesta.
—¡Es el vaquero! —dijo él, completamente maravillado—. Agáchate —me susurró—, que la pelea contra la anaconda se pone fea.
Le seguí el juego mientras él miraba hacia todos los rincones de la habitación. Al cabo de unos minutos, dijo:
—Ya pasó, muchacho… ya pasó.
—Lo hizo, señor: salvó al mundo otra semana más —le dije.
—Sí, pero no creo que pueda seguir haciéndolo. Mira —me dijo, llevando la vista hacia uno de los rincones de la habitación—, mira la cara que tiene el vaquero.
—¿Está enojado? —le pregunté.
—Muy enojado. Creo que esta vez no piensa perdonarme por lo de la anaconda: esta vez me piensa matar.
No sé qué me pasó, pero de alguna manera me desesperé.
—No diga eso, señor, el vaquero no lo matará.
—No, muchacho, no… Es hora de hacerme cargo de todos los problemas que le causé a este tipo.
Se estaba despidiendo. Me di cuenta de que se estaba despidiendo y como un tonto no pude evitar ponerme a llorar.
—Ten, muchacho —me dijo, colocando la cajita en mis manos—, tendrás que hacerte cargo tú de abrirla todos los martes.
—Lo haré —dije, aún con lágrimas en los ojos.
—Acuérdate: todos los martes. Y ten cuidado con el vaquero.
—Lo tendré.
Y así como así, murió. Murió como un loco, tal y como debía ser. Salí del cuarto y con un simple movimiento de mi cabeza en dirección a la habitación le hice entender a una asistente del asilo que él había muerto.
Ya han pasado muchos años desde ese entonces, y llámenme loco, o anticuado, pero hasta la fecha aún continúo abriendo la cajita todos los martes, para mantener a salvo al mundo una semana más.
Ledesma Juan Manuel